Ansiedad

La ansiedad es una sensación de inquietud, como preocupación o miedo, que puede ser leve o severa.

Aunque desagradable, es una reacción normal que forma parte de nuestra vida y que nos afecta de diversas maneras en diferentes momentos.

Todos sentimos la ansiedad en algún momento de nuestras vidas. Por ejemplo, antes de un examen, cuando nos van a hacer una prueba médica o en los momentos previos a una entrevista de trabajo.

Es algo natural que nos acompaña desde que vivíamos en cavernas. Por aquel entonces, estábamos equipados con un sistema interno de alarma diseñado para protegernos del entorno peligroso salvaje en el que vivíamos. Era el sistema de “lucha o huida” el que nos daba un subidón de adrenalina para que nuestro corazón latiera más rápido y aumentara el aporte de oxígeno a nuestras extremidades, y pudiéramos afrontar el peligro… o escapar de él.

El pellizco en el estómago, que muchos asocian con la ansiedad, no es más que ese mecanismo poniéndose en marcha. Es esa emoción básica, vital para la evolución humana y nuestra supervivencia, haciéndose notar: el miedo.

Sin embargo, ocurre en muchas personas con ansiedad que, en lugar de para evitar un peligro inminente, el miedo se activa inapropiada y erróneamente durante situaciones del día a día normales, cuando no hay un peligro concreto.

Además, la ansiedad se siente de una manera más difusa porque es una respuesta anticipatoria en situaciones que, presagiamos, serán peligrosas. Por si fuera poco, nos percibimos a nosotros mismos como sujetos pasivos a merced del peligro, incapaces de afrontar la situación. Es entonces cuando hablamos de trastorno de ansiedad.

Mientras que el estrés es algo que va y viene motivado por factores externos (en el trabajo, en nuestras relaciones de pareja, por problemas económicos…), la ansiedad es algo que persiste incluso sin una causa clara para quien la sufre.

Para entender las causas de la ansiedad podemos imaginar nuestra capacidad para lidiar con el estrés como un vaso de agua: se va llenando día tras día de estresores (hablando en plata, cosas que nos estresan) hasta que un día rebosa y nos vemos con un cuadro de ansiedad.

En algunos pacientes, los agentes estresantes están más o menos claros: un divorcio, una mudanza, una operación… Chorros de agua llenando sus respectivos vasos.

Otros se frustran porque no comprenden de dónde les viene la ansiedad. Para ellos, son pequeñas gotas de estrés las que han hecho que su vaso rebose y quizás los estresores no vengan de fuera: el ruido, el calor, el hambre, el dolor, niveles de autoexigencia elevados, no aceptar las propias limitaciones, sentirse imprescindible, querer agradar a todos, necesitar ser el centro de atención, la impaciencia…

De estos ejemplos se puede entender que nuestra propia forma de ser puede ser una lupa para la ansiedad. La personalidad: eso que condiciona nuestras vivencias y que a veces nos hace pensar que nuestra manera de ver las cosas es la única correcta, nos puede estar haciendo un flaco favor en nuestro empeño por calmar la ansiedad.

El estrés puede ser incluso la manera que algunas personas tienen para no enfrentarse a situaciones psíquicas que les perturban. Reprimen con estresores sentimientos como la soledad, el vacío interior, la depresión…

 

SÍNTOMAS DE ANSIEDAD

La ansiedad puede afectarte mental y físicamente. Puede presentarse en un estado permanente de angustia o por episodios separados por periodos de tiempo de estabilidad. La gravedad y el número de síntomas varían de una persona a otra.

Psicológicamente, puede cambiar tu comportamiento (especialmente nos hace evitar todo aquello que nos pueda provocar angustia) y la manera en que piensas o te sientes, con manifestaciones como:

  • Miedo sin saber a qué.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Inquietud. Pensamiento acelerado.
  • Irritabilidad.
  • Sentirse constantemente “al límite”.

Fisiológicamente, viene acompañada de:

  • Mareo (típicamente leve, como de inestabilidad).
  • Dificultad para respirar.
  • Sudor de manos.
  • Palidez.
  • Diarrea. Ganas de orinar.
  • Temblor.
  • Cansancio inexplicable.
  • Palpitaciones. Latidos en la cabeza.
  • Tensión muscular.

 

ATAQUE DE ANSIEDAD

En los ataques de ansiedad se experimentan los síntomas en su máxima expresión, por lo general de manera súbita.
Además de los síntomas fisiológicos antes descritos, a nivel cognitivo, la creencia más clara e impresionante para quien está sufriendo en ese momento un ataque es la de “me voy a morir”. Evidentemente, esta sensación de muerte inminente desencadena un torrente de sensaciones internas de las que se hace una interpretación catastrofista, aumentando por consiguiente su miedo y activando su sistema de alarma.

El sistema de alarma activado provocará nuevas sensaciones internas más intensas, cerrándose el círculo vicioso de los ataques de ansiedad.

No es raro que un ataque se desencadene mientras se duerme, añadiendo desconcierto al paciente y reforzando la idea de que ese dolor de pecho, ese sudor frío y esas fuertes pulsaciones son en realidad un infarto.

Quien ha vivido una crisis de angustia sabe lo mal que se pasa. El problema es que esa honda impresión que deja no ayuda mucho de cara al futuro, pues probablemente refuerce el temor a experimentar nuevos ataques. Esto se llama ansiedad anticipatoria y hará que la persona viva en un estado de hipervigilancia, “escuchándose” continuamente ante cualquier síntoma de una nueva crisis.

Si se han sufrido ya varios ataques de ansiedad, ese miedo a la muerte inminente, una vez superado y razonado, puede tornarse en miedo a volverse loco, que es otro componente cognitivo bastante frecuente: “esto ya me ha ocurrido más veces, y veo que no es que me vaya a morir, pero es increíble que pierda el control de una manera tan fuerte… tiene que ser que me estoy volviendo loco”.

 

COMO QUITAR LA ANSIEDAD

El primer paso para controlar la ansiedad ya lo has dado. Estás buscando información y probablemente te plantees pedir cita.

Mientras tanto, lo que necesitas es ir haciéndole unos agujeritos al vaso del ejemplo que planteaba al principio. Cada uno de esos agujeros podría ser una actividad que contrarreste a los dichosos estresores: hacer ejercicio, charlar con alguien que te siente bien, pasar tiempo con la familia, leer, escuchar música, meditar, practicar yoga…

En terapia, aprenderás a reconocer las causas que te producen ansiedad y aumentará tu tolerancia a ella. Analizarás si se trata de causas externas sólo o si también tu personalidad potencia y favorece esa ansiedad.

Además, soy especialista en una técnica innovadora que se creó precisamente para combatir la ansiedad: el EMDR.

Tanto si sabes de dónde procede la ansiedad, como si no, descubriremos qué experiencias han podido contribuir a tu ansiedad actual.

No te preocupes, no vas a cambiar tu forma de ser, pero podrás observar, desde un punto de vista más neutral, qué rasgos de ella están contribuyendo a que sufras de ansiedad. Pulirás las aristas de tu personalidad que no te benefician, romperás el círculo vicioso del pánico y te conocerás a ti mismo/a mejor que nunca.

El objetivo del tratamiento psicológico será aprender a controlar la ansiedad, esa ansiedad que experimentas a diario, para mantenerla en unos niveles óptimos que cualquier persona sana pueda tener.

Respecto a la ansiedad anticipatoria, debes saber que podrás erradicarla por completo de tu vida. Aprendiendo a no hacer interpretaciones catastrofistas de las sensaciones que algunos estímulos te provoquen.

La ansiedad es un síntoma en los siguientes trastornos, que también podrás afrontar en terapia: